Wagon-bar

Dieciocho segundos

Posted in Relato urbano by Guito on abril 29, 2010

Tras dar una larga y pausada calada y expulsar sonoramente el humo por la ventanilla izquierda del Talbot Solara gris de su ex mujer, Samuel apagaba el sexto cigarro del día en el salpicadero del coche mientras esperaba a que el semáforo se pusiese verde, el reloj que estaba al lado de la radio del coche indicaba las dos y cuarto y sonaban The Mamas & the Papas, California Dreamin’; fuera, los colegios ardían de niños y eran vomitados a la calle con un estruendo de chillidos, casi enfermizos; algunos chavales se divertían arrojándose las mochilas como si fueran hondas, otros se dedicaban a saltar por la escalinata que conducía a la plaza del mercado que contaba con una gran fuente; y un grupo que estaba a la derecha del vehículo de Samuel le llamó la atención por lo que estaban haciendo: jugar “a fumar”, es decir, que al ser uno de esos días de invierno soleados pero en los que hacía el frío suficiente como para poder ver el vaho de cada respiración, los niños pretendían expulsar humo de tabaco por la boca, “¡mira, mira, ahora voy a hacer un círculo!”, escuchó Samuel que esbozó una tímida sonrisa al ver que el rapaz no lo conseguía mientras introducía la primera marcha y levantaba ligeramente el pie del embrague ya que el semáforo que se encontraba delante de estos falsos fumadores acababa de ponerse en verde.

Sonó un golpe de chapa. Crujió la luna. Y Samuel frenó, miró al frente y vio tumbada a una mochila abrazada a su hija.

Chica a la milanesa

Posted in Relato urbano by carolinapadua on abril 28, 2010

Acabábamos de salir de la Playa de Areia Preta, en Espírito Santo, e íbamos directamente a una cafetería que estaba muy cerca para comer lo mismo que comíamos todos los días de verano cuando vivía en Guarapari: helado de dulce de leche. Con mis amigas Camila e Ingrid llegábamos a “Sonho de Mel” cuando un amigo llegó corriendo, se acercó a mí y rompió rápidamente un huevo en mi cabeza y aquel liquido viscoso se deslizó cuerpo abajo. Esta práctica es muy común entre mis amigos, pero nunca lo habían hecho conmigo. Me quedé algunos segundos en choque, sin saber qué hacer, sólo pensando en la vergüenza de estar oliendo a huevo en medio de la calle. Cuando me recuperé, otro amigo tiró un puñado de harina contra mí. La sensación pegajosa del huevo sobre la piel y el pelo empeoró muchísimo con la harina, que hizo picante lo que antes era solo desagradable. Desesperada por estar en la región más noble de Guarapari cubierta por una especie de salsa asquerosa y oliendo mal, llamé a mi madre por teléfono lo más rápido que pude para que fuera a recogerme. Sin embargo, cuando le conté mi situación me dijo sin piedad que no me dejaría entrar en su coche nuevo. Tuve que volver a casa en autobús mientras todas las miradas de la ciudad convergían en mí: una “chica a la milanesa”.

En Venecia

Posted in Relato urbano by rebecacabaleiro on abril 28, 2010

Sucedió el último septiembre, en una calle de Venecia, frente a uno de los apeaderos del vaporetto. Mis tres amigas y yo habíamos quedado en encontrarnos allí con un chico que no conocíamos.

En el tren desde Milán, habíamos pasado el rato hablando  con Giorgio, un chico de la zona que estudiaba en Madrid y que nos habló de sus impresiones sobre España y de cómo se vivía en el norte de Italia. Su mejor amigo vivía en Venecia, adonde nos dirigíamos, y no dudó en llamarlo.

Y allí nos vimos, pasada la media noche, en una ciudad que no conocíamos. El idioma no fue un problema, nuestro inglés no impidió que Niccola y su amigo, los dos estudiantes de arquitectura, nos hicieran una improvisada visita guiada por las calles de la ciudad, ya casi desierta a esas horas.

Nos explicaron los materiales de los que estaban hechos los edificios, la historia de algunos de los puentes por los que pasamos, los diferentes tipos de plazas, … Nos comentaron también dónde se bebían las mejores cervezas, y lo raro que era vivir sin coches… Fue un regalo poder ver la ciudad con otros ojos, y tener la plaza de San Marcos sólo para nosotras, sentadas en una terraza sin tener que pagar ocho euros por un café.

No volvimos a ver a estos chicos, pero nos llevamos de recuerdo las rosas que nos regalaron en el puente de Rialto. Tuvimos suerte… Podían haber sido unos psicópatas, pero esto lo pensamos después.

Falsa alarma

Posted in Relato urbano by silviatf on abril 22, 2010

La mañana del 12 de Febrero de 2010 compré en Internet un par de entradas para ver en el cine la película “Avatar” en 3D. La sesión comenzaba a las 20:00 de la tarde en el Puerto de Ocio de A Coruña, así que a las 18:30 salí con el coche desde mi casa en Cambre.
El tráfico era extrañamente lento en el acceso a la autopista mientras varios policías locales dirigían la circulación. Inquieta, pensé que posiblemente hubiese ocurrido un accidente.
Los nervios aumentaron al cruzarme en la Avenida Alfonso Molina con varios furgones policiales, ¡algo estaba ocurriendo!
La curiosidad me inundaba, ahora me fijaba en cada puente, en cada calle, en cada cruce… ¡en todos había agentes armados!
Me disponía a entrar en el parking del centro comercial cuando dos agentes armados me dieron el alto. Con las manos temblorosas le entregué mi documento de identidad al primer agente, que se fue con él. El otro policía me miraba fijamente, de un modo extraño que me intimidaba. De repente me preguntó
-¿Ha estado recientemente en Asturias?
-Estuve unos días de vacaciones hace un par de meses -respondí temerosa, pensando si me parecería a alguien a quien seguramente buscaban.
El primer agente llegó con mi DNI y se lo entregó a su compañero. Tras hablar entre ellos, el segundo agente me dijo que podía seguir.
-¿Qué pasa? ¿Hay algún problema? -pregunté angustiada.
-No se preocupe y continúe.
Mientras cogía el ticket, observé un coche que se disponía a salir del parking, pero al ver a la patrulla de policía dio la vuelta., ¡la matrícula era de Oviedo!
Me asusté pensando que quizás eran terroristas a los que estaban buscando.  No sabía qué hacer, mi película estaba a punto de empezar, y yo sólo tenía en mi cabeza especulaciones, así que entre en la sala.
Al día siguiente me enteré que no se trataba de una amenaza terrorista, simplemente se había celebrado en el palacio de congresos una cumbre europea de trasporte.

Goool…pe de vista!

Posted in Relato urbano by pvf27003 on abril 22, 2010

Era una calurosa tarde de verano, de esas en las que el sol calienta pero no quema.

Ataviado con mis mejores galas aguardaba impaciente la llegada de la chica que por aquel entonces era mi novia.

Yo estaba sentado en el banco del parque en el que quedábamos habitualmente.

Pasaban diez minutos de la hora acordada y ella todavía no había hecho acto de presencia.

Mientras tanto, me dediqué a observar a la gente que por allí pasaba. Había de todos los tipos, desde parejas de enamorados que caminaban de la mano, hasta señores de mediana edad haciendo footing.

Entre ese tumulto de gente por fin la vi llegar. Curiosamente no vino hacia mí, sino que se situo enfrente mia dandome la espalda. Aquello me descolocó un poco, pero pensé que al fin y al cabo un error de orientación lo tiene cualquiera.

Así que me levanté emocionado dispuesto a acercarme por detrás y gastarle una pequeña broma.

Mientras me iba acercando, pensaba en lo bien que le sentaban los pantalones ceñidos que llevaba puestos y en el bonito trasero que le hacían.

En cuanto me hallé a su altura no me lo pensé dos veces y como si de un acto reflejo se tratase lancé la mano directamente hacia sus gluteos y le di una cariñosa palmada.

En ese mismo momento ella se giró de manera repentina propinándome una soberana torta en la cara.

Para mi sorpresa aquella mujer no era quien yo creía y eso ,en aquel momento, hizo que me sonrojase y huyese de allí avergonzado sin saber que decir.

Sin embargo, a día de hoy pienso que haber recibido aquel tortazo fue una minucia comparado con el placer de haber tocado aquel maravillos trasero, digno de protagonizar cualquier película del director de cine Tinto Brass.

Rosarios para la Selectividad

Posted in Relato urbano by lucistp on abril 22, 2010

Me sucedió cuando aún iba al instituto, para ser más exactos ya lo había terminado y tocaba enfrentarse a la tan temida selectividad.

Serían sobre las tres de la tarde, ya que había estado en la biblioteca toda la mañana y me dirigía junto a un amigo hacia mi casa para comer y luego volver al estudio.

Íbamos teorizando sobre posibles preguntas que podrían caer en el examen del día siguiente, que al tratarse de geografía era el más temido por mi parte.

De repente, una señora surgió de la nada (supongo que estaría caminando cerca nuestro, pero al ir tan enfrascados en la conversación no reparamos en ella) para situarse a mi lado y comenzar a preguntarnos qué tal nos iba todo.

Mientras la contestaba, iba haciendo una lista mental de todas las señoras de mi pueblo, vecindario…pero no conseguía saber de quién se podría tratar.

Así que allí nos encontrábamos mi amigo y yo, en una de las calles más céntricas de Santander, con aquella desconocida mujer que nos explicaba que había estado escuchando nuestra conversación y al observar lo nerviosos que estábamos, no había podido evitar ofrecernos “algo que nos ayudaría a aprobar los exámenes, pero también en nuestras vidas”. Al decir esto nuestros ojos se dirigieron expectantes hacía sus manos que, adentrándose en el bolso, sacaron sendos rosarios de plástico “del que brilla en la oscuridad”, para depositarlos en las manos de cada uno bajo nuestra atónita mirada.

Extrañados y pese a que ninguno de los dos confiaba en que por llevar aquellos rosarios fuéramos a aprobar nuestros exámenes, le dimos las gracias por su gesto.

Ella nos contó que los había comprado para sus nietas, pero al vernos tan preocupados decidió que por el momento los necesitábamos más nosotros.

Nos comentó cómo se usaban, hasta que llegamos a un punto en el que debíamos seguir caminos contrarios. Nos despedimos, no sin antes habernos hecho prometer que llevaríamos los rosarios hasta el último día de Selectividad.

De la exquisita educación japonesa o cómo puede alguien pedirte permiso antes de esposarte

Posted in Relato urbano by mariafernandezhermida on abril 22, 2010

Anochecía en Tokio.

Éramos sólo dos: Rafa y yo. Habíamos llegado a Shibuya , el barrio de la moda y las últimas tendencias, en busca de un restaurante con nombre de prisión: Alcatraz E.R. Nombre que le iba como anillo al dedo, pues la decoración era una mezcla de cárcel, instituto mental y enfermería. Sabíamos que el establecimiento estaba en alguna parte de los más de quince kilómetros de extensión del barrio, pero no su localización exacta.

Con mi japonés chapurreado pregunté a un grupo de niponas, todavía uniformadas, que parecían recién salidas del trabajo:

-Arucaturazuuuu iiiii aaaaaruuuuu wa doko desu ka–pronuncié arrastrando las letras, intentando hacerme entender.

Pero sin conseguirlo. Me pidieron con paciencia que se lo repitiera.

-Chotto matte kudasai –pedí que esperaran un momento.

Cogí papel y bolígrafo y lo escribí. Leyeron con atención y hablaron entre ellas. No conocían el sitio, pero con una educación y una amabilidad imposibles de encontrar en ningún otro lugar del mundo, sacaron sus móviles y se pusieron a teclear rápidamente, mientras la única que hablaba algo de inglés nos explicaba que estaban intentando localizar el sitio.

Cuando lo consiguieron nos acompañaron andando (unos trescientos metros) hasta la misma entrada del edificio. Por el camino nos preguntaron de dónde éramos y se emocionaron mucho al saber que éramos españoles (a los japoneses no les gustan mucho los americanos, pero España les encanta).

Al despedirnos nos inclinamos ante ellas, al más puro estilo japonés y recitamos: “Doumo arigatou gozaimasu”.

Ya en el restaurante, nos recibió un hombre vestido de médico y dos enfermeras con orejas de gato. Le preguntaron a Rafa su nombre, si fumaba o no y su tipo de sangre, para luego esposarlo y llevarlo a la mesa.

Eso sí, antes de hacerlo le pidieron permiso con mucha educación.

You never know

Posted in Relato urbano by BasiaZ on abril 22, 2010

The handsome, 30-year old man was walking down the busy street, slowly, nobly presenting his new suit and stylish hat. He was smiling gently and observed the surrounding world with a raised head. His eyes were running from side to side like he wanted to see everything but trying at the same time to keep the serious look. Suddenly he fainted. “Bam!” he hit the ground. “Ugh….” he was still conscious. The woman number 1 immediately ran up to him and asked with terrified but tender voice: “Are you ok?!”. “Ughhhh…”. “Does anything hurt you? Can you breath?” asked quickly woman number 2 who appeared suddenly. “We have to call for the ambulance!” shouted man number 1 and ordered it to man number 2 who emerged out of the blue. Man number 2 dialed magical 3 numbers.

The name of fainted man is Ryan. He has taken some extasy (a little bit more than usually), stolen his flatmate’s  clothes and money and went for a walk.

****

The dirty, unshaven man was walking down the busy street, slowly, with tiredness, staggering a little bit. His eyes were sad and tired, his mouth wasn’t smiling. It seemed like he is walking because he has no other choice. Suddenly he stopped, leant forward and fainted. “Ughhh…”. “Oh! Social service should finally do something with those drunk people!” said in her mind woman number 1. Woman number 2 looked at the man with sympathetic eyes but she passed by, as she has more important things to do then taking care of drunk, stoned or homeless – whatever – man. Man number 1 almost started to shout at him with aggressive look but he was stopped by man number 2 who came up to the lying man and asked “Are you ok?”. “Ughhh…”. Man number 2 considered this as a satisfying answer meaning “yes” and went away.

The name of fainted man is Charles. He is a scientist, coming back home from research in the nearby forest. He was caught there by some thieves, who killed his companions and stole everything he had. He was able to run away.

Un cojo polémico

Posted in Relato urbano by Dani on abril 22, 2010

Un fortuito encuentro entre mi rodilla y una maceta de piedra provocó que saliese de mi portal cojeando. Fue entonces cuando Carol y yo nos cruzamos con dos hombres de mediana edad. Uno de ellos padecía cojera en su pierna derecha y no tardó en observar que yo caminaba del mismo modo que él. Su primera reacción fue afirmar que intentaba burlarme de su defecto físico. Atónito ante semejante conclusión, le expliqué educadamente lo sucedido y que no pretendía ridiculizarle en modo alguno. El hombre siguió hablando, pero esta vez se acortó la distancia entre nosotros y su aliento le delataba: había bebido güisqui. El tamaño de sus dilatadas pupilas y su agresividad, cada vez más acusada, manifestaban también su estado de embriaguez.

Su discurso se tornó en una retahíla de insultos. Me despedí de él y nos dirigimos hacia el coche. Sentí cómo una mano agarraba mi hombro derecho. Me di la vuelta y el hombre esperaba en posición de ataque con una navaja. Aconsejé a mi compañera que se metiese en el vehículo y retrocedí unos pasos, los necesarios para chocar con su otro compañero de batalla. Comprendí entonces que difícilmente podría salir ileso de esa situación.

La calle estaba desierta  y el hombre que portaba el arma comenzó a perseguirme. Si la solución consistía en correr yo tenía ventaja: la condición física de aquel individuo era lamentable. Decidí entonces acelerar el paso, consciente de que llevaba a un delincuente como sombra. Al poco tiempo, aparecieron  dos policías que conducían un coche patrulla  – El hombre que me perseguía ya había desaparecido – Les conté lo sucedido. Los gendarmes me llevaron a casa en su vehículo. Inmediatamente después salieron en busca de aquel individuo, que ya había sido detenido en más ocasiones por conducta agresiva.

En un segundo

Posted in Relato urbano by pablotaboada on abril 22, 2010

Siempre me acordaré de lo que sucedió un caluroso día de verano de 2009. Los políticos habían convocado a los medios a las 11.30 para inaugurar un parque. Hasta aquí, todo normal. El parque, que está al lado de un río, carecía de árboles frondosos que diesen sombra, ya que acababan de ser plantados y eran jóvenes. Lo curioso es que estaba hecho con materiales reciclados: los bancos, los montículos de césped o la decoración, tenían la basura como materia prima. El diseño había ganado un premio en un concurso de jardines y el Concello había comprado la idea. Vamos, que había “chicha” informativa.

Todos los medios estábamos a un lado. Al otro, el público que curioseaba por la zona y una banda de gaitas que le pondría banda sonara al evento. Faltaban los políticos.

Ya era mediodía y seguíamos esperando. Muchos se empezaban a impacientar. A las 12.15 todo seguía igual y lo único que había cambiado eran las caras de la gente, que tenían el ceño fruncido por el sol y el gesto enfadado por el retraso.

En un segundo, todo cambió. Se comenzaron a oír gritos junto al público. El revuelo fue inmediato y todos echamos a correr hacia la orilla del río. Un señor de unos setenta años se había desmayado y al caer, su cuerpo había quedado sumergido hasta la cintura. Un chico saltó a ayudar al anciano. Justo en ese momento, los coches de los políticos aparecieron y se acercaron a ver qué sucedía. Así estuvimos durante quince minutos.

La inauguración quedó en segundo plano. El señor accidentado, la ambulancia o los preocupados vecinos se mezclaron con la crónica y las fotos de la breve inauguración, en las cabezas de todos los reporteros. También en la mía.

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