Cuando uno ya no tiene super poderes
Muriaé es una ciudad de Minas Gerais, Brasil, conocida como un polo de la creación de caballos de la raza “mangalarga marchador”. A mí y a mi padre siempre nos encantaron los caballos. Nos gusta todo, desde su belleza hasta su olor, principalmente cuando sudan debido a largas caminatas. Mi pasión por estos animales empezó cuando era muy pequeña y mi padre ya me ponía arriba de ellos. Yo me sentía dotada de super poderes. Me parecía increíble como yo, una criatura tan pequeña, conseguía dominar monstruos como aquellos. Claro está que siempre había alguien guiándolos por la cuerda atada alrededor de la cabeza, pero de eso yo no me enteraba.
Me sentía la niña más increíble del mundo. Pasado el tiempo he descubierto que yo no era tan buena amazona como pensaba, lo que solo me motivó a montar a caballo más veces para aprenderlo y hacerlo cada vez mejor. Empecé a montar en la finca de mi padre, dónde teníamos una yegua y dos potros. Todavía, no teníamos un sitio apropiado para ponerlos así que mi padre los vendió.
Fue entonces como llegamos a conocer y a frecuentar Muriaé. Un amigo de mi padre llamado Nardo, que creaba caballos junto con su mujer había muchos años, le dijo que tampoco tenía una hacienda o finca, y que por eso los dejaba en un tipo de pensión. Pagaba todos los meses por la comida, el puesto y el tratamiento que les daba un profesional especializado. El nombre del sitio era Hacienda Arrastão. Parecía perfecto, y realmente lo era. Además de recibir los caballos también recibía sus dueños e incluso otras personas interesadas solamente en disfrutar la vida rural, comer cosas típicas de la región y montar a caballo sin haber que tenerlos. Era una especie de hotel rural.
Llegamos allí por primera vez cuando yo tenía sobre los doce años. Las inmensas palmeras fueron las primeras a recibirnos. En coche pasamos en el medio de dos largas colas hechas con estos árboles de más de veinte metros de altura hasta que llegamos a una casa muy grande y antigua, pero bien conservada. El dueño de la hacienda, Gerson, nos esperaba en la puerta y tan luego pusimos nuestras cosas en las habitaciones fuimos a conocer mejor el espacio y los animales.
Hacía un calor del Saara y el día estaba perfecto para un paseo. Llamé a mi padre que me acompañara pero como siempre me dijo que no. Su pasión se restringe a admirarlos, acariciarlos y principalmente verme montada en ellos. Bueno, en aquél día fui sola y pasé una tarde de “superpoderosa”. Me acordé de todas las otras veces que estuve con un caballo, pero ahora tenía todo el horizonte delante de mi, un caballo fuerte y lleno de energía y ninguna programación a cumplir ni preocupaciones en la cabeza. Horas después llegué a la casa principal, donde estaba hospedada con mi padre y le conté sobre mi paseo de manera tan eufórica que se dispuso a venir conmigo al día siguiente.
Luego después del desayuno fuimos hasta el estable y ya estaba todo preparado para nuestra salida. Los caballos ya llevaban puestas las sillas de montar, los cabestros y incluso varitas para casos de necesidad, pero estas no las cogimos. Salimos a paso del estable, fuimos por los pasillos entre los piquetes de la hacienda hasta llegar a la puerta de entrada de la misma. Salimos y sugerí que hiciéramos el mismo trayecto que había hecho el día anterior. Viramos ciento ochenta grados a la derecha, subimos una pequeño colina y seguimos por la carretera de tierra rumbo a las colinas más lejanas.
A principio mi padre estuvo un poco incomodo con la posición de las piernas y la rigidez de la silla pero el paisaje que se presentó frente a nuestros ojos lo hizo olvidarse de esos pequeños detalles. Hablamos de todo un poco. En este entonces yo vivía con mi madre y los asuntos como las notas del colegio, el curso de inglés y las clases de ballet eran frecuentes con mi padre, que quería estar enterado de mi rutina escolar. Andamos cerca de una hora y media y él propuso que volviéramos. Dimos media vuelta y empezamos a regresar al Arrastão. Sin embargo, yo no quería hacer todo aquel camino a paso y entonces metí los pies el la barriga del caballo para que supiera que yo quería que fuera un poco más rápido.
A mi padre no le gustó mucho la idea pero tampoco quería quedarse para atrás y me acompañó. Empezamos con un leve trote pero eso aún no era suficiente para mí. Tenía ganas de galopar y por lo que sucedió después se puede decir que mi caballo también. Cuando le metí los pies la segunda vez entró en un galope que me hizo querer volar. Mi pelo estaba suelo y el viento en la nuca fue un alivio para el calor que hacía. Mi padre entonces gritó desde atrás.
- Carolina, ¡disminuí la velocidad!
“¡Qué rollo!”, pensé, y tiré las riendas contra mi pecho como un comando para parar el caballo. Fue como si no hubiese hecho nada. Intenté otra vez, ahora con más fuerza. Nada. Seguía corriendo y a la velocidad que estaba ya no conseguía pensar. Miraba hacia abajo y veía el suelo pasando increíblemente rápido bajo las patas del caballo y el viento en la nuca se convirtió en una pesadilla.
- Ya te lo he dicho. ¡Para este bicho!
Pero yo no tenía este poder. Los caballos ya no eran monstruos mucho más grandes que yo pero seguían siendo mucho más fuertes y no hubo manera de hacerlo parar. Como todos los caballos acostumbrados a aquel trayecto, ellos sabían exactamente donde tenían que ir y nada de lo que yo hacía convencía al mío de ir más despacio. El suelo pasaba cada vez más rápido y yo me agarré a la silla con todas mis fuerzas rezando para el caballo no tropezar con las miles de piedras que había por el camino.
Mi padre siempre atrás también corría para no perderme de vista y gritaba con la máxima capacidad de sus pulmones pidiéndome que parara. Después de algunos minutos que parecieron infinitos pude avistar la puerta de entrada de la hacienda. Pensé que solo tenía que esperar hasta que llegásemos al estable para reírme de toda la situación. Este fue mi error. Cuando bajamos la última colina ya cerca de la puerta, en la curva de ciento ochenta grados una de las patas traseras del caballo deslizó y el perdió el equilibrio. Para no caerse hizo movimientos tan bruscos que me tiraran al suelo, sobre el alambre de espinos, como un saco de patatas, que cae y se queda en la misma posición.
Mi padre vino luego después de mí y cuando me vio en el suelo intentó bajar de su caballo para ver como yo estaba. Su caballo no paraba porque quería irse a su puesto junto al otro y por eso él no conseguía bajar. Cuando finalmente consiguió venir a verme yo ya estaba de pie, más blanca de lo que ya soy y con la ropa rasgada, pero bien. Mi padre me preguntó si estaba bien, si me dolía algo y miró los pequeños cortes que me hicieron los espinos del alambre. Los dos temblábamos debido al susto y fuimos caminando despacio hasta la casa principal. Nos sentamos y nos quedamos un rato en silencio, pensando en lo que había pasado.
Entonces llegaron el dueño de la casa, su mujer y hijos eufóricos preguntando que había pasado. Todos hablaban al mismo tiempo para contar lo que habían visto. Según ellos mi padre y yo parecíamos dos cohetes cuando pasamos por la ultima colina antes de llegar a nuestro destino final. Cuando vieron que mi ropa estaba rasgada se pusieron preocupados pero yo les dije que estaba bien y volvieron a hablar entusiasmados sobre mi aventura. Hoy en día, cuando mi padre le cuenta esta historia a algún amigo siempre dice al final:
- Envejecí diez años en este día.
Creo que es por eso que nunca más volvió a montar a caballo conmigo. No quiere envejecer más.
Una noche de verano
Me apresuro a terminar la cena, ya que en media hora hemos quedado todos frente a la antigua escuela.
Aún no ha oscurecido, el calor comienza a amainar y una ligera brisa trae consigo los primeros compases de la orquesta.
A las nueve y media todos estamos puntuales, comienza nuestra aventura. Los chicos caminan delante, discutiendo sobre el partido de la tarde. Unos metros más atrás nosotras, en voz baja, cuchicheamos sobre los chicos. Carcajadas y risas cómplices nos acompañan todo el camino.
Una dura batalla se libra en la mesa, la bola esquiva nuestros golpes. Tras numerosos disparos fallidos… ¡¡Goool!! Saltos de alegría, acabamos de destronar a los reyes de la mesa.
Ahora, la orquesta entona a Ricky Martin. Nosotros, entusiasmados frente al palco, bailando sin parar, celebramos los triunfos conseguidos esa noche gritando “¡Arriba va! El mundo esta de pie ¡Gol, gol, gol! Alé, alé, alé”
El tren
Era un día de verano, en el cual cuatro amigos nos habíamos quedado a jugar en la calle hasta el anochecer como otras veces. Pablo, que era el pequeño de la pandilla, tenía tres años y casi nunca se quedaba a jugar hasta tan tarde, pero ese día se quedó y se convirtió en protagonista de la historia.
Nos encontrábamos delante de la casa de mis amigos jugando al fútbol. Durante el transcurso del juego se nos escapó el balón y Pablo fue a buscarlo. Se quedó mirando hacía la oscuridad y preguntó qué era una luz que se veía. Entonces todos los demás nos acercamos y sin saber muy bien lo que era uno de ellos respondió:
- Será o tren que ven cara aquí.
Pablo se fue a casa corriendo, y los demás un poco desconcertados nos quedamos pensando por qué se iría de repente. No le dimos más importancia y seguimos jugando. Pero al cabo de un rato nos llamó la madre de Pablo con tono enfadado:
- ¿Pero que lle dixestes o neno que está chorando? ¿Non vedes que é moi pequeño? Non lle digades esas cousas que despois ten medo. ¿Qué é esa historia que lle inventastes do “bren”?
Nosotros estábamos atónitos, no entendíamos qué era lo que habíamos hecho para que nos riñeran tanto, y tampoco teníamos ni idea de lo que era el “bren”. Después de hablar un rato con la madre de Pablo le explicamos lo que había pasado y comprendimos que había sido una confusión. Pablo creía que el “bren” era algo malo que venía hacia nosotros, sin embargo de lo único que habíamos hablado era de un tren.
Al final, resultó que ni siquiera era un tren, si no que era una señal luminosa de una obra que colocaran ese día. Y lo que parecía una anécdota sin importancia convirtió al “bren” en el sustituto del “hombre del saco” para Pablo durante mucho tiempo.
Pompas
Creo que era primavera de 1993, yo tenía siete años. Estaba de moda un juguete para hacer pompas de jabón y casi todos los niños de mi pandilla lo tenían. Por supuesto, yo no quería ser menos. Vivía en Carral, y en uno de los domingos de feria fue cuando mi madre cedió a sus reticencias de comprarme ese trasto y hacerme el niño más feliz del mundo, por lo menos durante unos minutos. Disfrutaba como el enano que era dibujando figuras transparentes en el aire, tanto al aire libre como en casa, ignorando que me iba a causar un pequeño susto.
Sucedió un lunes, me acuerdo porque mi padre lleva ensayando con el coro de Carral los lunes desde que tengo memoria; y mi madre y yo estábamos en la salita con la radio de fondo. Ella corregía exámenes y yo hacía pompas. Mi meta era que cada vez fuesen más grandes: mojaba el aro en el jabón, lo sacaba despacio del recipiente y luego soplaba cuidadosamente para que no estallase. Fue despues de uno de estos soplidos cuando noté algo raro: tenía un sabor raro en la boca.
- ¡Mamá! – grité. Y ante mi sorpresa, una pompa de jabón salió de mi boca.
- ¿Qué? – dijo ella desinteresada sin levantar la vista de los exámenes.
- ¡Mamá, mira! – Las pompas volvían a salir.
Ella miró para mí esta vez y, asustada, me hizo escupir varias veces. Las pompas pararon pero el susto seguía, mi madre me puso una cazadora, unas zapatillas de lana y a los 5 minutos estábamos sacando a mi padre del ensayo para ir a urgencias.
Tardaríamos unos 20 o 25 minutos en llegar en coche al hospital. “Me muero, me muero”, gritaba ridículo. No me tocó esperar mucho a que me atendiesen. La doctora que me atendió dijo que me iban a dar un poco de aceite y que me iba a poner bien.
- ¿Aceite de coche? – pensé – ¿Van a darme aceite de ese negro, mamá? – Ella asintió tramposa. Llegó la doctora con un vasito de algo que parecía pis, pero olía bien: “Esto no es aceite de coche”; mi madre y la doctora rieron. Yo, ingenuo, no entendía nada, sólo que parecía encontrarme mejor.
Donde La Nostalgía Se Convierte En Agonía
Sin embargo, no fue así. Debido a que alguien tomó la decisión de que aquel 21 de Marzo de 1991 tenía que quedarse grabado a fuego en mi memoria.
Fue entonces, cuando el estridente sonido del teléfono hizo acto de presencia. En ese instante yo estaba sentado en el sofá de mi casa, jugando tranquilamente con mis muñecos.
Recuerdo el sonido de la voz quebrada de mamá segundos despues de contestar la llamada y recibir la fatídica noticia.
El corazón del abuelo se había detenido, cansado de luchar contra el cáncer de pulmón que aquejaba desde tiempo atrás.
Los llantos de mi madre y la expresión de su cara, desencajada por el dolor, me desconcertaron.
La observé petrificado sin saber que hacer ni que decir.
En ese preciso momento supe que aquella imagen me acompañaría durante el resto de mi vida, sellada en la memoria. Allí, donde la nostalgia se convierte en agonía.
Mi abuela, Dios y la puerta de la galería
Soy bastante despistado y es poco habitual que con el paso del tiempo recuerde momentos concretos, pero siempre habrá uno de mi infancia que nunca se me olvidará. Era una tarde de final de curso, de esos calurosos días de primavera que ya casi parecen verano.
Como todas las tardes, mi abuela me fue a recoger al colegio y tras merendar en el parque, fuimos a casa. Yo tendría seis o siete años. Y como hacía siempre al llegar, ella se puso a coser en la galería que hay en la parte de atrás de la casa.
Esa galería tiene una puerta que se abre como las puertas de toda la vida: hacia dentro y tirando de un pomo. A mí me encantaba jugar con esa puerta. Abrirla y cerrarla rápidamente. Ver como se movía la cortina de un lado para otro. Oír el pum que hacía al chocar contra el marco y contra los juguetes o ver los rayos de sol que entraban a través de las rayadas persianas de la galería, reflejados en la cortina.
Mi abuela me decía todos los días que tuviese cuidado, que me iba a pillar los dedos. Y como todas las sabias abuelas, no le faltaba razón. En un momento de euforia juvenil, no me pillé los dedos. Me di con la puerta en la cara, lo que me provocó un moratón de considerable tamaño en un pómulo.
Nunca me olvidaré de la lapidaria frase que dijo mientras se levantaba de su silla de coser y venía hacia mí: “Ves, no haces caso a lo que te digo y te castigó Dios”.
Margarita, te voy a contar un cuento
Mi hermana y yo esperábamos impacientes el momento de irnos a dormir porque sabíamos que mi madre vendría, se sentaría en la cama, abriría el libro azul y nos contaría un cuento.
Al principio, aguantábamos con los ojos bien abiertos y cada una le pedíamos nuestro favorito (el mío se llamaba “Café con leche”, porque el protagonista era un perro de ese color). Nos enfadábamos si no escogía el nuestro, así que, a veces, nos leía el que le daba la gana, y escuchábamos muy atentas hasta que, poco a poco, nos dormíamos. En ese momento entre la realidad y el sueño, solía empezar la pesadilla con una frase: “Margarita, está linda la mar”.
- ¡Noooo!
- Por favor, mamá, ¡ese no!, ¡ese no!
- Veta ya, anda…
- Pero si es muy bonito… Cerrad los ojos e imagináoslo.
Era lo peor que podíamos hacer: elefantes gigantes, una niña muerta,… Mi madre tenía la manía de terminar el cuento del día siempre con el mismo poema.
Hace unos años lo busqué en Google y me asombré al ver que era de Rubén Darío y que la niña, en realidad, no estaba muerta… Es curioso cómo mi madre afirma lo mucho que nos gustaba y que no nos quedábamos dormidas hasta que lo oíamos.
Al leerlo con calma, me di cuenta de que ahora sí me gusta, y mucho, y aunque me siguen volviendo exactamente las mismas imágenes grotescas a la cabeza, me trae muy buenos recuerdos.
“En la infancia vivimos y después sobrevivimos”
A la hora de recordar anécdotas de mi niñez me vienen a la cabeza esas cenas familiares en las que los adultos cuentan historias que les pasaron hace un montón de tiempo.
Comienzan con aquellas que sucedieron cuando eran adolescentes, hasta que llegan a una época más moderna, concretamente en la que aparecemos los más jóvenes.
Aquí es donde mis carcajadas empiezan a esconder una mezcla de inquietud y expectación, sé que invariablemente me tocará ser la protagonista, mi única duda es saber de que anécdota se tratará esta vez.
Y es que mis padres tienen dónde elegir: está esa en la que me perdí por las galerías de unas explotaciones mineras hechas por los romanos, aquella otra en la que fui a cruzar la carretera justo cuando un ciclista bajaba la cima del Tourmalet a toda velocidad e incluso pese a que yo no había nacido cuando ocurrió, puedo ver a mi hermana metiendo uno de sus deditos en el molinillo de café.
Guardo un buen recuerdo de mi niñez, pasó sin sobresaltos, con las únicas preocupaciones de correr todo lo que pudiese para coger un “pañuelito”, “declarar la guerra” al país adecuado o confiar en no tener una “zapatilla por detrás”.
Para mí los recuerdos negativos son excepciones dentro de las anécdotas de la infancia, por lo que conozco sus detalles mejor que los de cualquier otra historia.
La que mejor recuerdo fue aquella que pasó cuando yo tenía cinco años.
Estaba de vacaciones en un camping de la Laguna de Sanabria, sería agosto, ya que mi padre siempre coge las vacaciones por esas fechas.
Yo era una niña inquieta, siempre estaba enredando con algo, así que mientras mis padres montaban la tienda yo me dediqué a subirme a todas las rocas que encontraba en mi camino. Me sentía como una pequeña exploradora saltando de una a otra, mirando lo que divisaba desde arriba a través de unos prismáticos de juguete que solía llevar.
Hasta que llegué a LA ROCA, recuerdo que era tan grande que casi parecía que la habían colocado ahí para separar una parcela de la otra, funcionaba a modo de biombo gigantesco, dándote gran intimidad para hacer lo que quisieses por ese lado, nadie te iba a ver.
Así que yo, sin dudarlo un momento me puse el objetivo de conquistar su cima. Cuando ya lo estaba logrando y pocos segundos antes de escuchar por quinta vez a mi padre decir aquello de “Lucía, baja de ahí que te vas a caer”, uno de mis pies resbaló y rápidamente (aunque a mi me pareció que el tiempo se detuvo) fui a parar a la ladera de los vecinos, quienes me miraron con gran asombro, ¡de la nada había aterrizado en un saliente de la gigantesca roca una niña que lloraba sin parar!.
Claro, que en dos segundos mi madre ya estaba ahí para consolarme y darse cuenta de que pudo ser peor. Sí, pudo ser peor porque en vez de tener entre sus brazos a una niña llorando desconsoladamente estuvo a punto de tener una hija a la parrilla.
En efecto, a dos centímetros del saliente de la roca dónde tuve la “suerte” de caer, nuestros vecinos estaban cocinando en una barbacoa con sus brasas al rojo vivo dispuestas a devorar cualquier trozo de carne que se pusiera en su camino.
Lo último que recuerdo de ese día es que pese al buen tiempo que parecía hacer, en cuanto caí de la roca el cielo se nubló y en pocos minutos comenzó a llover con muchísima fuerza, por lo que nos refugiamos todos bajo una gran arbolada esperando a que escampase.
Y es bajo estos árboles dónde tengo la imagen congelada de mi madre haciéndome mimos para que olvidase el dolor (al bajar la roca rodando, me había dado golpes por todo el cuerpo) y de mi misma mirando fijamente al peñasco, la gran roca había vencido a la pequeña exploradora
Vale
“Cuando era más joven podía recordar todo, hubiera sucedido o no” Mark Twain
El tren ya había pasado. Mi familia protestaba a menudo por la manía del maquinista de hacer sonar la sirena justo al pasar por detrás de la casa a las siete de la mañana, pero a mi me gustaba. Me gustaba despertarme temprano y el tren era un aliado perfecto para ello.
Permanecía con los ojos cerrados e intentaba averiguar que día hacía. Podía sentir el calor del sol atravesando la claraboya o bien escuchar el golpeteo de las gotas en el cristal, mezclado con los gritos de las gaviotas, anunciando un día de lluvia. Ese día haría sol. Olía a sol.
Nunca fui de despertar rápido. Abrir los ojos y jugar con las formas de la madera del techo, evitando mirar al señor del descansillo, era un ritual diario que se prolongó varios veranos antes de la división de la buhardilla en habitaciones y otros más hasta que ascendí lo suficiente en el escalafón para tener derecho a una. La casa, dormida a esas horas, era un ente vivo que olía a sal, a madera y gente dormida, que, en aquel mes de agosto, la atestábamos en catres y camas improvisadas.
Aquel día me levanté y me vestí como se visten los niños en verano: bañador, camiseta y pantalones cortos. Nunca hacía falta más, siempre que estuvieran medianamente limpios antes de caerme por primera vez, y eso sería pronto.
Bajé las escaleras en silencio, dejando resbalar las manos por la barandilla y calculando cuantos escalones del último tramo podría saltar esta vez. Tal vez sólo tres. Las persianas aún estaban bajadas, y sin luz era más difícil. Me detuve en el descansillo. Estaba oscuro y la puerta de mi abuela permanecía cerrada. De la habitación de la derecha venía el sonido de una respiración: Mamá aún dormía pero Papá ya estaba abajo.
Adelantando las manos, salté cuatro escalones y bajé al sótano. El suelo estaba frío y no me había puesto los zapatos. Él no quería niños descalzos en la cocina, así que me senté en el banco de la entrada a ponerme las odiadas cangrejeras mientras lo observaba a través de la puerta y él fingía no verme.
A Papá le gustaba el silencio por las mañanas, pero también le gustaba desayunar conmigo, así que me limité a ponerme de puntillas a su lado sabiendo que volvería a fingir sorpresa al verme allí y se inclinaría para recibir el beso de nuestro mudo “buenos días”.
Juntos, terminamos de preparar nuestro desayuno. “Hoy va a hacer calor” dije y él, mirándome sin responder, cogió su taza y se dirigió a la puerta que daba al porche trasero. Rápidamente limpié las migas de la mesa y salí al jardín. Papá ya estaba en la puerta.
La playa, a las siete y media de la mañana aún permanecía vacía. La marea estaba baja, pero nosotros simplemente atravesamos los escasos tres metros que nos separaban de la arena y nos sentamos en el muro, dejando colgar las piernas.
No era la primera vez. El ritual exigía silencio y yo me limitaba a imitar a mi padre, a sincronizar el balanceo de mis piernas con las suyas, la cadencia de la cuchara yendo de la taza a la boca y a sonreírle cuando me miraba y a mirar hacia el mar cuando él lo hacía.
El ruido de la taza al posarse en el cemento marcaba el final.
- Eso es un “firrete”
- No. Eso es una gaviota. Los “firretes” son más pequeños y tienen la cola en forma de abanico. Como ese de allí.
- Vale. ¿Vendrás pronto?
- Al mediodía. Justo a tiempo para la marea alta y bañarnos. ¿Me esperarás?
- Vale. ¿Puedo salir con la bici?
- Sí, pero será mejor que te peines antes de que baje tu madre. ¿Me acompañas al coche?
- Vale.
Nos levantamos y yo abrí el portalón con cuidado. Papá sacó el coche y lo detuvo mientras yo volvía al muro a por las tazas.
- ¿Me das un beso?
- Vale.
- No hagas rabiar a los chicos. Nada de peleas. ¿De acuerdo?
- Vale. Y tú pórtate bien en el cole.
- Vale. Respondió mi padre, riendo, al arrancar el coche y antes de atravesar la pista de tierra que nos separaba de la playa, mientras que yo, agitando la mano, calculaba cuanto tiempo tardaría en hacer la cama, despertar a Arturo y escapar antes de que a alguien se le ocurriera mandar que me peinase. Además, Papá era el único que iba al cole en verano y él tampoco se había peinado. ¿Vale?
La familia Bantú
En el lugar sobre el que voy a escribir se encontraba el pueblo de Valverde de Lucerna, muy próspero por la productividad de sus tierras y cuyos vecinos tenían un carácter un tanto egoísta.
Una noche tormentosa y fría, anterior a la festividad de San Juan, apareció un peregrino necesitado de refugio y comida. Hizo varios intentos por conseguir un poco de pan y cobijo para pasar la noche, pero siempre recibía la misma y desagradable respuesta: – ¿Eres un peregrino? Pues continúa tu camino, déjanos en paz y vete por dónde has venido.
Cansado y famélico, el caminante optó por abandonar el pueblo. En los alrededores vio un horno de leña donde había dos mujeres. El hombre se acercó y probó suerte de nuevo preguntándoles si podía entrar. Ellas no dudaron en permitirle entrar. Una vez dentro, el hombre aprovechó para secarse con el calor que desprendía el horno. Mientras tanto, las mujeres metieron un panecillo en el fogón para que el hombre comiera algo. Cuando estaba horneado y listo para consumir, se dieron cuenta de que el pan había crecido tanto que no era posible extraerlo del interior del horno. Sin embargo, ellas sabían que el hombre estaba hambriento y antes de que el alimento se quemase sacrificaron sus brazos para sacar a trozos el panecillo.
El peregrino, sumamente agradecido por la actuación de las panaderas, les dijo que sólo ellas eran dignas de ser salvadas en aquella población y que se quedasen dentro de su hogar toda la noche: – Voy a castigar este pueblo que olvida a aquél que está hambriento y busca cobijo cuando ellos tienen el estómago lleno y disponen de chimeneas con las que calentarse en sus hogares – Ellas se quedaron extrañadas, no obstante le hicieron caso y permanecieron en el interior de su casa.
El caminante se despidió de ellas recordándoles que no se moviesen de allí. Cuando salió del pueblo pronunció esta frase: -Aquí clavo mi espada, aquí salga un gargallón de agua – Y así sucedió: de aquel lugar comenzó a brotar un gran caudal de agua y un tiempo después todo estaba inundado excepto una pequeña isla: el horno de de leña donde aquellas mujeres le habían acogido.
Desde aquel día se cuenta de que todas aquellas personas generosas que se hallaren en gracia de Dios y que fuesen al Lago de Sanabria en el día de San Juan, oirían tocar las campanas de Villaverde que reposan en el fondo del lago.
Cierta o no, ésta era la leyenda que me contaban mis padres para que me durmiese cuando estábamos allí, en el Lago de Sanabria. Yo deseaba que llegase agosto para volver de nuevo a mi sitio preferido. Mis padres preparaban todo lo necesario para el viaje con el fin de que no nos faltase nada. La noche antes de partir demostraban su nerviosismo fumando en la cocina. Yo, mientras tanto, me imaginaba que ya estaba allí, en el único lago de origen glaciar de España, un rincón escondido en la provincia de Zamora que deslumbra por su extraordinaria belleza natural.
Antes de salir de casa para emprender el viaje, mi madre siempre nos aconsejaba hacer nuestras necesidades – aunque no tuviésemos ganas – para que no fuera necesario hacer una parada durante el camino. Después empezaba el calvario: – ¿Ya llegamos? ¿Falta mucho? – Era lo único que mi boca articulaba hasta que lográbamos llegar a nuestro destino.
Mi padre había sido boy scout y era el encargado de montar la tienda de campaña, que estaba habilitada para ocho personas. Como en mi familia éramos cuatro, nos sobraba espacio para dormir cómodamente. Yo tendría cuatro años y mi hermana ocho, y durante aquella semana en el Lago de Sanabria disfrutábamos de cada minuto que pasábamos allí.
Recuerdo el olor a café que me despertaba cada mañana. Me levantaba de un salto, abría la tienda y el sol de la mañana cegaba mis ojos durante algunos segundos. Respiraba hondo y oía como mis pulmones agradecían el aire puro que les hacía llegar una y otra vez. Realmente puedo asegurar que ese aire olía a algo, a algo maravilloso, a algo revitalizante, a verde intenso.
Durante el día recorríamos los senderos que componían aquel sorprendente lugar. En el caso de que nos levantásemos pronto y dispusiéramos de tiempo suficiente, hacíamos senderismo por las sierras de Segundera, Cabera Baja y Gamoneda. Cerca de ellas se encontraban los cañones de los Ríos Cárdenas, Segundera y Tera, surcados por numerosos valles y desfiladeros creados por glaciares.
Las noches eran mágicas. Jugábamos a la familia Bantú, un juego de naipes en el que ganaba quien reuniese todos los miembros, desde el abuelo hasta el bisnieto. La sensación de dormir al aire libre, sin sentir frío, escuchando sonidos inexplicables de la naturaleza pero al mismo tiempo arropado por tus padres será inolvidable.
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